niños en la alberca
Tips para tu piel

Cómo cuidar la piel de niños que pasan tiempo en alberca

Las vacaciones de los niños tienen una lógica propia. Un niño puede entrar a la alberca “sólo cinco minutos”, salir una hora después, correr descalzo por el patio, comer algo bajo el sol y volver al agua antes de que alguien encuentre la toalla que llevaba puesta.

La piel, mientras tanto, intenta seguir el ritmo.

El cloro, el calor, la radiación solar, el sudor, la fricción del traje de baño y los cambios constantes entre agua y aire pueden dejar resequedad, comezón o zonas enrojecidas. No significa que la alberca sea enemiga de la infancia ni que jugar en el patio requiera una operación militar. Significa que el cuidado infantil funciona mejor cuando se anticipan unas cuantas cosas sencillas.

La protección empieza antes de que aparezca la quemadura. Continúa mientras juegan. Y termina después del baño, cuando la piel parece limpia pero puede sentirse tirante, como una camiseta que se encogió.

Antes de salir: la sombra también es parte del cuidado

El protector solar suele llevarse todo el crédito, pero no debería trabajar solo.

La Academia Americana de Pediatría recomienda limitar la exposición directa al sol, sobre todo durante las horas de mayor intensidad, y combinar el protector con sombra, ropa y sombreros. En México, donde la radiación puede ser intensa durante buena parte del año, el patio de una casa no se vuelve inocente por estar a pocos pasos de la cocina.

Una sombrilla, un toldo o un árbol frondoso pueden reducir la exposición. No la eliminan por completo. La radiación ultravioleta se refleja en superficies claras, agua, concreto y arena. Un niño que juega bajo una techumbre abierta todavía puede recibir radiación indirecta.

La ropa ayuda más de lo que parece. Una playera de manga larga ligera, un sombrero de ala y prendas de tejido cerrado protegen zonas que suelen olvidarse. Las camisetas especiales para natación son prácticas porque cubren espalda, hombros y pecho, áreas donde aplicar protector a un niño inquieto puede sentirse como intentar pintar una ardilla.

La ropa mojada pierde parte de su capacidad de protección si la tela es delgada o clara. Por eso conviene llevar una prenda seca para cuando termine el tiempo en el agua.

¿Qué protector solar conviene para niños?

Para niños mayores de seis meses, suele recomendarse un protector de amplio espectro, resistente al agua y con factor de protección solar de 30 o más. “Amplio espectro” significa que protege frente a radiación UVA y UVB.

Los protectores minerales, elaborados con óxido de zinc o dióxido de titanio, suelen ser bien tolerados por pieles sensibles. Pueden dejar una capa blanca, cierto. La estética importa poco cuando el objetivo es evitar que la espalda termine del color de una salsa tatemada.

Los filtros químicos también pueden funcionar bien. La mejor opción es la que el niño tolera y la familia puede aplicar correctamente. Un producto excelente guardado en la mochila protege menos que uno común usado con constancia.

Para menores de seis meses, la prioridad es evitar el sol directo mediante sombra, ropa ligera y sombreros. La Academia Americana de Pediatría contempla aplicar pequeñas cantidades de protector en áreas reducidas que no puedan cubrirse, como el rostro o el dorso de las manos, cuando la ropa y la sombra no sean suficientes. En bebés tan pequeños, conviene consultar al pediatra si la exposición será frecuente.

Hay muchísimas marcas de protectors, con diferentes niveles de protección para diferentes pieles. Tal vez te guste el protector solar de Eucerín, tal vez te guste algún otro. Lo importante es que lo sepas aplicar y que no se olvide.

No es necesario elegir fórmulas perfumadas. Las fragancias pueden resultar molestas en piel sensible. Tampoco hace falta comprar productos que prometen convertirse en una “pantalla total”: ningún protector bloquea el 100% de la radiación.

El momento de aplicación cambia el resultado

Aplicar protector cuando el niño ya está dentro del agua es llegar tarde a una cita que sabíamos que existía.

Conviene colocarlo unos 15 minutos antes de la exposición. Debe cubrir orejas, cuello, hombros, empeines, parte posterior de las piernas y línea del traje de baño. Esas zonas se olvidan con una precisión casi artística.

La cantidad debe ser generosa y uniforme. Si se extiende tanto que apenas queda una película invisible, probablemente se está usando poco. En protectores minerales, la capa blanca inicial puede servir como guía para comprobar que no quedaron espacios.

El protector resistente al agua tampoco dura toda la tarde. Debe reaplicarse cada dos horas y después de nadar, sudar mucho o secarse con una toalla, siguiendo siempre las instrucciones del envase. “Resistente al agua” suele indicar una eficacia probada durante 40 u 80 minutos de inmersión, no una alianza eterna con la alberca.

Una estrategia doméstica funciona mejor que repetir “no te muevas”: convertir la reaplicación en una pausa fija. Salir, beber agua, comer algo, secarse y renovar protector. El niño quizá proteste. Protestar no cancela la radiación.

La piel después de alberca no necesita una limpieza agresiva

El agua clorada puede resecar la piel. Los desinfectantes de las albercas cumplen una función necesaria: disminuyen microorganismos capaces de causar enfermedades. Sin ellos, nadar sería una experiencia más natural, sí, y bastante menos segura.

El problema no suele ser el cloro por sí solo, sino el tiempo de exposición, la concentración, la temperatura del agua y la sensibilidad individual. Cuando el cloro se combina con sudor, orina y otros residuos se forman cloraminas, compuestos relacionados con el olor fuerte de algunas albercas y con irritación de ojos, piel y vías respiratorias.

Ese olor que muchas personas interpretan como “muchísimo cloro” puede señalar, en realidad, acumulación de cloraminas y ventilación deficiente. La química tiene un sentido del humor bastante seco.

Al salir del agua, conviene enjuagar al niño con agua limpia. No hace falta tallar con esponjas ásperas ni usar jabón antibacterial. Un limpiador suave, sin fragancia, puede emplearse en las zonas necesarias. Si el niño estuvo en una alberca bien mantenida y no hay suciedad visible, un enjuague cuidadoso suele bastar en muchas ocasiones.

Después hay que secar con presión suave, no frotando. La toalla no necesita ganar una batalla.

Hidratar justo después del baño ayuda más

La piel después de alberca puede perder comodidad aunque todavía se vea normal. La resequedad no siempre aparece de inmediato; a veces surge horas después, cuando comienza la comezón en brazos, rodillas o espalda.

Aplicar una crema hidratante al terminar el baño ayuda a retener agua en la capa superficial de la piel. Las fórmulas sin perfume suelen ser preferibles, especialmente en niños con dermatitis atópica o antecedentes de sensibilidad.

Las lociones muy líquidas se sienten ligeras, pero las cremas espesas suelen durar más. En clima cálido, puede elegirse una textura intermedia para evitar la sensación pegajosa. No hay necesidad de cubrir al niño como si fuera pan recién barnizado. Una capa uniforme es suficiente.

Ingredientes como glicerina, ceramidas y petrolato pueden ayudar a reducir la pérdida de agua. El petrolato funciona bien en zonas muy secas, aunque puede sentirse pesado para todo el cuerpo. Codos, rodillas, labios o parches específicos son buenos candidatos.

Si la piel arde al aplicar cualquier producto, está muy roja o presenta grietas, conviene suspender fórmulas perfumadas y consultar a un profesional si el malestar no mejora.

¿Conviene bañar al niño antes de entrar a la alberca?

Sí, aunque muchas familias lo consideran un ritual decorativo.

Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos recomiendan ducharse antes de nadar. Un minuto de enjuague elimina parte del sudor, la suciedad y las sustancias que pueden reaccionar con el cloro. También ayuda a mantener el agua en mejores condiciones para todos.

Una ducha previa no reemplaza las reglas de higiene. Los niños deben ir al baño antes de entrar, y nunca deberían nadar si tienen diarrea. En bebés y pequeños que aún usan pañal, los pañales especiales para agua reducen accidentes visibles, pero no impiden por completo la contaminación del agua.

Esta parte no es elegante, pero sí real: el cuidado de la piel también depende de la calidad del agua en la que se juega.

niños en el sol

El traje de baño mojado no debería quedarse toda la tarde

Un traje húmedo mantiene la piel en contacto prolongado con agua, cloro, sudor y fricción. Puede favorecer irritación en ingles, cintura, axilas o debajo de los tirantes.

Al terminar de nadar, lo ideal es enjuagar al niño y cambiarlo por ropa seca. Esto resulta especialmente útil en quienes desarrollan rozaduras con facilidad o tienen dermatitis.

Las prendas ajustadas pueden dejar marcas y aumentar el roce. Si aparecen zonas rojas donde termina el elástico, conviene revisar la talla. A veces culpamos al agua, al jabón y al protector solar cuando el verdadero villano es un traje de baño que dejó de quedarle desde el verano anterior.

La ropa seca debe ser ligera y transpirable. Algodón o telas deportivas suaves suelen funcionar bien. También conviene revisar costuras, etiquetas y arena atrapada, porque una pequeña cantidad dentro del traje puede comportarse como lija durante horas.

Jugar en el patio tiene riesgos distintos

No todo ocurre en la alberca. Los niños en vacaciones pasan horas en patios, jardines, canchas y terrazas donde se mezclan polvo, plantas, insectos, sudor y superficies calientes.

El concreto y los juegos metálicos pueden calentarse lo suficiente para causar quemaduras. Antes de que un niño se deslice, se siente o camine descalzo, un adulto puede tocar la superficie con el dorso de la mano. Si resulta demasiado caliente para mantener el contacto, también lo será para la piel infantil.

El sudor acumulado en cuello, espalda y pliegues puede provocar sarpullido por calor. La solución no es cubrir la zona con varias cremas. Refrescar al niño, cambiar ropa húmeda y moverlo a un espacio ventilado suele ser más útil.

Las plantas también cuentan. Algunas savias y cítricos pueden provocar reacciones al combinarse con el sol, un fenómeno llamado fitofotodermatitis. El limón es un ejemplo conocido. Si cae jugo en la piel y después hay exposición solar, pueden aparecer manchas, ardor o ampollas. Preparar agua de limón en el patio parece inofensivo; dejarlo sobre la piel bajo el sol, no tanto.

Tras jugar con plantas, frutas cítricas o tierra, conviene lavar manos y zonas expuestas.

Picaduras, repelente y protector solar

Cuando hay mosquitos, la piel necesita protección frente al sol y frente a las picaduras. Los productos combinados de repelente con protector solar pueden parecer prácticos, pero presentan un inconveniente: el protector necesita reaplicarse con mayor frecuencia que el repelente.

Primero se coloca el protector solar. Después, el repelente.

Un adulto debe aplicarlo en sus propias manos y extenderlo sobre la cara del niño, evitando que inhale el aerosol. Al volver a casa, se lava la piel con agua y jabón y se cambia la ropa tratada.

En menores de dos meses no se recomienda usar repelentes con DEET. La protección debe basarse en ropa, mosquiteros y barreras físicas. En zonas con enfermedades transmitidas por mosquitos, las indicaciones locales de salud pública tienen prioridad.

Ojos rojos y piel irritada: cuándo basta con observar

Los ojos pueden enrojecerse después de nadar por irritación relacionada con cloraminas, agua mal equilibrada o uso prolongado. Los goggles bien ajustados reducen el contacto directo y suelen mejorar la experiencia.

Si el enrojecimiento es leve y desaparece al salir, generalmente basta con enjuagar la cara y descansar. Cuando hay dolor intenso, secreción, sensibilidad marcada a la luz, visión borrosa o síntomas que continúan, es mejor buscar valoración médica.

En la piel, una resequedad leve puede mejorar con enjuague e hidratación. Las señales que merecen más atención son ampollas extensas, inflamación intensa, dolor, fiebre, pus, costras amarillas o enrojecimiento que se expande.

Una quemadura solar con ampollas no debe tratarse como “parte de las vacaciones”. La Academia Americana de Pediatría recomienda buscar atención cuando la quemadura es severa, causa dolor considerable, fiebre, escalofríos o afecta a un bebé.

Los niños con dermatitis necesitan un plan un poco distinto

La alberca no está automáticamente prohibida para niños con dermatitis atópica. Algunos toleran bien el agua clorada; otros presentan resequedad o ardor.

La Asociación Nacional de Eczema de Estados Unidos aconseja aplicar una capa de hidratante antes de nadar en ciertos casos, enjuagar la piel al salir y volver a hidratar poco después. La recomendación debe adaptarse a cada niño, porque una crema demasiado oclusiva puede sentirse incómoda y ciertos productos pueden afectar el ajuste del protector solar.

Si hay heridas abiertas, infección, brote intenso o dolor, conviene consultar al dermatólogo o pediatra antes de entrar a una alberca pública.

En niños con dermatitis, estrenar protector, repelente, champú y crema el mismo día es una mala idea. Si aparece una reacción, nadie sabrá quién comenzó la pelea. Probar los productos en una zona pequeña, con anticipación, permite observar tolerancia.

Una bolsa útil no necesita parecer farmacia

Para una tarde de alberca o patio basta con cubrir las situaciones previsibles.

Protector solar, ropa seca, sombrero, agua, toalla limpia, crema hidratante sin fragancia y una bolsa para guardar el traje mojado resuelven buena parte del cuidado. Los goggles ayudan si el niño nada mucho. Un jabón suave de tamaño pequeño puede ser útil cuando no se conoce qué productos habrá en el lugar.

También conviene llevar medicamentos personales y datos de contacto de emergencia, especialmente en viajes. No hace falta cargar media casa. Aunque, con niños, la diferencia entre “lo indispensable” y “todo lo que existe” siempre es materia de discusión familiar.

Lo que sí debe permanecer accesible es el protector. Guardarlo debajo de juguetes, inflables y tres cambios de ropa garantiza que nadie quiera buscarlo cuando llegue el momento de reaplicar.

El cuidado funciona mejor cuando no parece castigo

Los niños suelen resistirse menos cuando saben qué ocurrirá. “En veinte minutos salimos a tomar agua y ponernos protector” funciona mejor que interrumpir el juego sin aviso.

También puede dárseles una participación pequeña: elegir el sombrero, extender crema en sus brazos o recordar qué zonas faltan. No sustituye la supervisión adulta, pero convierte la rutina en algo compartido.

La piel infantil no necesita perfección. Necesita sombra, protección bien aplicada, agua limpia, ropa seca y atención a las señales de irritación.

Habrá arena en la toalla, protector mal distribuido y un niño que vuelva a meterse a la alberca exactamente después de que lo cambiaron. Eso también forma parte de las vacaciones.

La diferencia está en que el juego termine con cansancio y hambre, no con una noche de ardor, comezón y compresas frías. Tal vez el mejor cuidado sea ése: preparar lo suficiente para que la infancia pueda olvidarse, por unas horas, de que alguien la está protegiendo.

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